proceso de reorganización

28 05 2007

Qué confusión la del apunte anterior. Hoy lo releo, después de meses.
Hay algo claro: desembarazarse del deber de pronunciarse frente a todo -porque cualquier cosa remite a una totalidad (y a una idea de totalidad) en la que creemos y en tanto creemos en ella, todo es relevante-, pero desembarazarse porque esa totalidad se supone que se ausentó.
Dudoso.

Ahora, recién, leo algo sobre Benjamin y Adorno, y cómo la idea de mediación es la treta por la cual el materialismo se podría volver idealista. Cuando la mediación –que usa Adorno para criticar los análisis de Benjamin- sirve para atenuar el efecto “vulgar” o “vulgarizador” de interpretar la relación estructura-superestructura como causa-efecto. Mientras que un “buen marxiano” -por llamar de algún modo a Benjamin- no haría tanto caso de la mediación, porque simplemente no considera la relación estructura-superestructura como causa-efecto, sino como una relación constitutiva (vagamente, entiendo eso; ahora, lo entiendo así).
Y reviso entonces algo que escribí hace un par de años, donde decía que aquel que me acusaba de nac&pop porque estaba en una murga, aquel que me acusaba de hacerme el “popular” (ya que siendo yo un clasemedia estudiante de letras, no “pertenecía” a ese espacio y estaba saldando deudas de mi supuesto imaginario clasemediero culposo), ese que me acusaba, adolecía de la idea de “mediación”, porque la explicitaba pero no la vivía. Y veo que no usé bien ese concepto, a pesar de seguir creyendo en lo que intenté decir ahí. Y el eje de mi respuesta podría estar en el supuesto materialismo “vulgar” de Benjamin –que, como se dijo más arriba, sería el “no vulgar”, el groncho sería Adorno, digamos-: porque el tipo no se daba cuenta de que él era un clasemedia que sólo veía una relación posible con unos otros –a quienes no podía dejar de ver como rotundos otros- desde una impostación. Yo en cambio, no puedo vivirlo así, no porque haya hecho un curso de desclasemedización, sino porque ese ámbito me es tan ajeno como propio. Un espacio al que llegué a los 15 años, verde, un espacio en el que había otros más grandes, creando algo. Donde, por ejemplo, podía bailar, inflar mi ego, muchas cosas relevantes para ese momento. A ver. Lo viví. O mejor: lo fui viviendo. No llegué a eso por una decisión “externa”, una suerte de “pose racional”. Ésa es la mirada de ese acusador. Que sí, está en mí también, porque navego siempre a dos aguas. Porque a veces tengo la cabeza partida y no creo que haya otra posibilidad. (Pero qué mentira esa la de la cabeza partida, hoy, al menos, qué mentira.)

Seamos vulgares: soy hijo de un empleado de comercio y una maestra devenida especialista en docencia, nieto de un obrero/rotisero/jubilado y una campesina devenida ama de llaves; también nieto de una ama de casa y un juguetero; bisnieto de ferroviario radical del 20 y otra ama de casa; y bisnieto de una campesina analfabeta antisemita que me cantaba en rusoalemán cuando tenía 4 años. Los otros andan por ahí, no sé nada de ellos: un padre de once hijos, campesino, borracho y golpeador; una supuesta aborigen del noreste; etc. ¿Qué es todo esto? El magma que me acompaña desde que tengo memoria. Datos que a veces, sólo a veces, se hacen carne. Otras, son Lo Inexplicable.
Qué estoy haciendo ahora, hacia dónde. Qué es este presente –ahora más denso, cada vez más, cada vez que Lo Inexplicable, es decir, ese magma, se corporiza, y deja de ser Inexplicable para ser Lo Obvio, lo que claro,siempre estuvo ahí: Si siempre tuve a mi abuela con la misma cara, contando las mismas anécdotas desde que tengo memoria, ¿por qué ahora las anoto y leo en ellas una clave, incluso, para entender a otros (y no ya a mí
a mí
a mí
yo
yo
yo)?

(Es que ahora -al fin- me enteré de que me voy a morir un día. Se aclaró lo opaco. Me puse vulgar, real. Presente lleno de pasado, gordo, feliz.)

PD: Poco tiempo después me vine a enterar del nuevo sentido -conservando igualmente su raíz algo cínica o “de vuelta de todo”- del término nacanpop; es decir, de la apropiación positiva de ese término que yo había intuído meramente despreciativo.





inicio II

29 06 2006

El tránsito es éste: del ejercicio de mirar sin creer, desapasionadamente, a la actividad diurna de discurrir –a veces hasta olvidados de sí- por este mundo en el que fervorosamente creemos.

[esto es confuso / qué es esto. No lo sé todavía. Imposible saberlo ahora. Ése es el proyecto: esta lectura]

No creer es el paso necesario para creer, el paso simultáneo. Como esto es un ejercicio –un, dos, un, dos- nos resulta preciso hacer todo en dos movimientos –un, dos; creer, no creer-.

Ahora todo lo que pienso se choca con mis limitaciones geométricas. De haber aprendido matemática quizás podría avanzar más rápido, pero no. La única figura que imagino, de la que me valgo para pensar, para que todas las ideas discurran, evolucionen, es una espiral.
Imagino una espiral, una línea /contradicción/ que se pliega y repliega sobre sí, espiralada.

Flotando, cerca, un murmullo visual –borbotones oscuros, lacios y castaños-: pensamientos ajenos, prejuicios, juicios de valor que esperan su turno.

Pero la espiral avanza. ¿Avanza? ¿Qué es eso?
El avance: una de las peores fantasías, una de las más productivas.
Será posible desarmarla, salirse de esa parodia de pensamiento.

No sé qué escribo ahora, todavía.





inicio

24 06 2006

Es preciso, ahora, que pensemos en nuestra madre como esa señora desconocida, ese animal, que dice habernos parido. Pero sin ironía.
Es decir, como cuando descubrimos –a veces con inquietud, a veces con parsimonia- que quien nos toca es un ser extraño; cuando no reconocemos los lazos, las relaciones habituales –¿cuando gana qué en nuestra mente?-.
Si no es posible pensar así, ahora, durante lo que sigue; digo, pensar de esa manera –no digo pensar en eso, sino de esa manera-, será mejor dejar de leer, ahora.

La persiana está cerrada. El ambiente es una caja. Es invierno y en el barrio, de noche, pasa el 127 o el 19. Bien. No mucho más, ahora. Es decir: un ronroneo de heladera, la respiración. Es decir, nos sabemos, ahora, precisamente –esto es lo necesario-, solos. Pero sin ironía ni afectación dramática.
Es un esfuerzo sencillo: apenas un juego de constatación, un ejercicio para relajar una mente enferma.





Meta*

17 06 2006

qué búsqueda es esa, recursiva –inagotable, ¿neurótica?-, que pretende desmantelar ficciones y toda otra fraseología que tengamos a la mano.
PERO ESTO, ASÍ DICHO, NO INTERESA. Hay un cierto punto de ininteligibilidad (como esta misma palabra impronunciable) en nuestra fraseología, digo, en todas estas palabras demasiado largas.

Preciso volver a pisar una piedra –digo algo “concreto” (esa fantasía!)- para impulsarnos otra vez:
veamos: me duele la mano
(«será por la masturbación», leo en el libro que todo lo sabe).





a otra cosa

9 06 2006

Pensar todo esto para pasar a otra cosa. Siempre: pasar a otra cosa.
Yo sé que nada de todo esto es verdad, claro, cómo no. Pero es lo que hay, y “lo que hay” nunca es verdad. Es lo que hay.

Ya no sé que supuestos estoy manejando para pensar todo esto. Se diluyeron, tengo hambre, y según Crónica faltan 12 días para el invierno.

-¡Otro tema!





las jergas ajenas

18 05 2006

Cuando el Poeta anota en el prólogo a su AUTOCRÍTICA POÉTICA que sale en la revista Lucha Armada: «Entrábamos por tandas, clandestinos de la policía, clandestinos de la dirigencia del PC y clandestinos del dueño de la fábrica, un “empresario comunista” que aportaba a las campañas financieras del Partido y que nada sabía de lo que ocurría en su fábrica fuera de los turnos de trabajo y, por supuesto, de su plusvalía», ¿qué anota?

La teoría económica hecha poesíah:
una fe ciega en las palabras -una fe en una jerga que me es ajena-:
Las palabras nos trascienden, por lo tanto, vienen antes (y después) que nosotros. Están más allá.
No.

La cuestión es más sencilla de lo que parece: me rompe las pelotas que aún hoy, todavía hoy, precisamente hoy, no vean nada más que su propia lengua. ¿Es tan imposible mordérsela? ¿Callarse? ¿Aunque más no sea un minuto?

Siguen creyendo en una cierta forma de la coherencia y la unicidad. Manivelas que sirven, pero no.
No.
Ahora hablo sobre algo que ignoro, con palabras inasibles -otra jerga ajena-.
Lo único que no ignoro: el hartazgo supremo cuando releo a Poetas como éstos.





las vidas ajenas

11 05 2006

La literatura -los otros- nos hace creer que hay vidas que discurren en una línea continua -fraseadas por los acentos y las pausas de dolores o risas o enojos (pero siempre continuas)- y que sólo nosotros somos ese bicho que se golpea contra el mismo vidrio cada vez de un modo fantástico y nuevo. Ahora de cabeza, ahora de espaldas. (La mosca que levanta vuelo en un impulso pérfido -digo, una mirada pérfida hacia arriba, de reojo y de espaldas, como diciéndole al vidrio «vas a ver la próxima cómo no existís».)
Pero no hay tal continuidad; ni ese fraseo siquiera, digo: el ritmo pulsado de las vidas ajenas es sólo la abstracción musical que utilizamos para enmarcar la improvisación de nuestro propio tema, de nuestro valsecito -nuestro famoso estar en el mundo-.





3 04 2006

Toda (auto)reflexión es terapéutica o enfermante.
Ambas, en realidad, claro, ambas. No podía ser de otra manera.
No podía no cerrar este apunte así. Mierda.





ley

28 03 2006

A los cinco años vivía en una casa alquilada en Temperley. El tren pasaba a unos metros. No recuerdo exactamente cómo, un día me vi reflexionando acerca de la cárcel. De ir a la cárcel. (Creo que ése debe ser el recuerdo más viejo que tengo de “miedo social” o como pueda llamárselo.) Recuerdo que yo no encontraba ningún problema en “cometer delitos” (o quizás pensaba en términos de “hacer cosas malas” –ni idea, no recuerdo exactamente sobré qué pensaba: era un asesinato o un robo-), por lo que tendría que cuidarme de hacer esas cosas, ya que probablemente -como no encontraba ninguna imposibilidad material- en una de ésas hacía alguna. Caminaba por la avenida Almirante Brown en dirección a Lomas de Zamora. Iba solo, así que debía estar haciendo algún mandado.





engaño II

10 03 2006

¿y creer que siempre hay algo “detrás”, algo que engaña, algo con lo que me engaño, nos engañamos, etc.? ¿y ese creer qué? Con eso, siempre con eso, que se retroalimenta, donde cuando mientras y al fin de cuentas, pero más bien al principio, no hay nada (todo); es decir, lo que ya dije. Creer en una hondura, una profundidad que se asoma -nos asola-, siendo la Verdad verdadera, y ella, ahí nos acusa. Pero nosotros la ponemos, digo, la pongo, ahí. Pongo la verdadera. Pero acabo sin ponerla. Digo, la verdadera. Pongo otra; no, no pongo ninguna. Me la pongo, nomás. Que es como decir: no la pongo. ¿Se entiende? ¿hasta cuándo “me entenderé”? ¿y qué es eso de entenderse? ¿yo a mí? Me da risa. Qué plato ahí: yo me explico todo, digo, a mí mismo me explico. ¿Qué es eso? Pero, otra vez: la pregunta se ha desdirigido. Ido el horizonte, no queda más que desvariar. No, eso es falso.
Creer que hay lo falso. Cuando lo falso, está si hay intención de falsía, vamos. Intención, necesidad, lo que sea. Pero lo falso no existe, así como no existe el error. Son todos problemas de interpretación. Sí, se sabe. Está dicho. ¡A esto me refiero! A esto que no puedo dejar de anotar cada vez que anoto otra cosa, a la acusación. ¿La culpa? Masomenos. Digamos: el pensamiento crítico como acusación. Mejor (peor): como tortura.
¿Quién me puso esto? Digo, quién me puse (me la pongo) esta recursividad paranoica?





engaño

21 02 2006

Y en el medio de todo: daba clases en un colegio con niños que trataban a sus maestros y profesores como empleados indignos de sus patrones -es decir, indignos de ellos, los niños-; ahí, una niña -una nena- de 6 que hacía medialunas por todo el saloncito, tropieza, se cae, gimotea y llora. La abrazo y le pregunto si está bien. Gimotea un segundo más mientras su lloro gorgotea en risa y la risa en risotada: levanta su cabecita pelilarga hacia mi cara docente -de pie, los ojos 70 centímetros más arriba que los de ella-, riendo: «Te engañé».
No sería la primera vez. Pero creo que no recuerdo ninguna otra situación tan clara, digo, diáfana. Es decir, ¿hay algún engaño tan cristalino? Esto suena mal: quiero decir, ¿engañamos -me engañan, me engaño- de formas intrépidas / desconocidas? ¿todo el tiempo?
Estas preguntas son un oprobio. «Son mersas», diría yo, si pudiera sostenerlo.





hacerse

6 02 2006

Pero veamos: hacerse! viene siendo la autoacusación recursiva, verbigracia, la culpa? Digo, la masturbación paranoica con la mano izquierda? Digo: ahí te quiero ver. ¿Conciencia de clase se vive como conciencia cristiana como conciencia crítica como conciencia del yo como conciencia histórica como conciencia divina como conciencia autoconciente condiciónsinequanón? Cómo la conciencia es siempre otra cosa. Pasa a ser. Deviene (por dios, esta palabra tiene una elegancia tal que resiste cualquier ataque; ¿qué pueden hacer contra esa elegancia reposada del deviene… -que se apoya en la segunda e como si uno acompañara con el brazo un gesto de apertura cortés y placentero- esas palabras ya por lo visto mersas como ser o estar? Encuentro esto insoportable).
Y está muy bien que aquello a lo que ahora le decimos “conciencia”, en esa Antigüedad que parece esperarnos todo el tiempo a la vuelta de la esquina con cara de “sabía que vendrías”, le dijeran demonio. Pero al revés, en realidad, está muy bien que a aquello que le decían demonio, digamos, le decían así, pero sin ánimos de ofender, digo, a la conciencia, ahora le digamos conciencia.
Demonio es siempre otra cosa. Eso lo leí en Sócrates. Ahí está. El boludo, digo. ¡No! ¿Al revés? La apología de él mismo, digo, su Apología de Sócrates, es decir, de Platón, como quizás el infortunado Manual de la Víctima Pura (o Manual de Los Buenos). Ahí está todo. ¡Está todo! Para empezar a pensar cualquier cosa, se puede empezar por ahí. Ya no en términos de Manual, sino de dónde empezar, de dónde agarrar algo. Aunque la cosa sigue siendo, claro, cómo empezar a leer desde ahí.
¡No! ¿Al revés? ¿Mejor pensar siempre todo al revés? ¿Poner patas arriba? ¿Y cuando pienso todo al revés qué hago? ¿Me pongo a pensar al derecho? A ver: soy un tarado. No, paso a ser tarado. Devengo tarado. (La palabra era boludo, pero ahora ésa tiene olor a demagogia, a facilismo; la tara del tarado es siempre más honesta, más vital: un boludo está condenado y por lo tanto condena a los demás, un tarado sólo tiene un conflicto con su tara. Ergo: enhorabuena la tara.)

Devengo tarado.





ansiedad

2 02 2006

llego a puntos muertos, cuando desarmando algo, armo otra cosa que valoro _ porque creo estar todo el tiempo tratando de implotar el bien/mal, etcétera; pero parece -mi pensamiento racional- no poder manejarse más que en esos términos duales, en los que siempre hay algo a lo que se aspira o se valora; en algún punto siempre hay algo que estará “bien”, ¿es siempre así, en realidad? Digo, ¿siempre pienso con esta forma? ¿por qué, a fin de cuentas, pretendo desarmar dicotomías que “funcionan”? La propia pregunta pretende la respuesta: una idea de Verdad, sea ésta la que sea.





Apunte en el patio de una casa

1 02 2006

Siempre, decía, contra lo que voy pensando.
Y entonces: tengo la /casi/ certeza de que escribo/leo [es decir, la certeza de que fui educado] para un mundo que no existe. No para un mundo “viejo”; por ejemplo, como si dijera: «fui educado para ser un escritor-estanciero, pero resulta que ahora me vengo a enterar de que nunca tuve tierras (o de que los hijos de los estancieros no acostumbran escribir y mucho menos leer)», no, sino para un mundo inexistente, que no [un hornero sobre la medianera canta/grita abriendo mucho el pico; está muy cerca y no puedo no mirarlo; se voló] existe ni existió (ni, presumo, existirá: porque nada que no haya existido existirá). Digamos: un mundo donde existe la posibilidad de algo “correcto” y por lo tanto, algo “incorrecto”. Un mundo donde prevalece la idea de error, de equívoco y de malentendido. Pero el error es inexistente (es lo inexistente: se trata de un parámetro muy fuerte, constitutivo). Sus alcances como concepto, como construcción abstracta, son más limitados y problemáticos de lo que uno pueda llegar a imaginarse. El mundo nunca se equivoca, pero tampoco acierta. Y esto lo atraviesa todo.
Y no importa, en cierto sentido, que aquí/ahora se agolpe, seductora, La Academia, El Saber -pongamos por caso, Lo Nietszche- para decirme cosas como: «esto ya te lo explicamos». Hay siempre un problema con el presente. Nunca el conflicto es con el pasado (con ese pasado que se agolpa), si no es porque existe un conflicto presente. El conflicto es con/en el presente. El pasado nos pone en conflicto con el presente, también. La Academia se me agolpa atrás –el Pensar- se me enrula en la nuca porque ahora estoy acá leyendo. El conflicto existe por___ No. “Existe” es una palabra agotada. Y no confío (¡¿por qué no confío?!) en que la Filosofía Francesa o Alemana pueda ayudarme a superar, con la terapéutica que todos buscamos en Lo Mundo Ateo, estas configuraciones que apenas desgarro.
No estoy atorado.
No me explico bien. No “estoy”.

- – -

Como si todo fuera un conflicto con el lenguaje. Ni siquiera es no poder decir aquello que se “siente” (eso ya lo vivo como una pelotudez que no significa nada).
Como si explicar algo, decir algo, fuera siempre asesino. Es atroz.
Sí. A pesar de estar en un patio con sol en verano -como ahora estoy: en la medianera, un hornero-. Escucho/leo voces que lo etiquetan todo. «¿Contra eso? ¿Contra eso?» Sí, contra todo lo que se agolpa, pidiendo sobrevivencia a mi través.

-¡Y no! Ahora tengo otras cosas que hacer.





Demonio

31 01 2006

En la génesis de una idea, de un escribir, de un momento de reflexión / en el momento de pensar/escribir, ahí: agolpados en los hombros, no, más arriba, más exactamente sobre la nuca, acariciando, bullentes y seductores, todos los pensamientos oídos y leídos, todos, ahí atrás diciendo cosas sobre y a partir de aquella idea o de ese escribir que intento abordar. No sólo “eso ya está”; no, porque no me importa lo nuevo; no, sino diciendo cosas múltiples, cruzadas. Lecturas que exigen aparecer, seductoras en sus paños correctos, adecuados, terapéuticos. Y en cuanto escribo/pienso se agolpan y exigen. Contra eso escribo; es decir, mejor/
A ver, retomo: escribo en una especie de retaguardia. No, de espadachín en retirada. No. Esto no funciona. Pero sí, así es como funciona: contra todo esto escribo. ¿Contra el (mi) pensamiento?





Un viejo en la tele

30 01 2006

Un viejo en la tele dice que en esa época era otra época. En el 30 la gente se suicidaba por motivos éticos o morales. Es un escritor, Albino de nombre de pila, dice abajo en el zócalo de la imagen llovida (si toco la antena me da corriente). ¿Habría que suicidarse para darle a la época un poco de dignidad? Digo, antes habría que incurrir en faltas éticas o morales. Falta una definición, viejo, de tu eticalidad. Es decir, vamos todos a suponer que hay valores trascendentes en relación con los cuales es legítimo y obligatorio quitarnos la vida en caso de enchastrarlos.¿Vale decir «me repite la pregunta»? ¿Soy malo soy malo soy malo? ¿No hay quienes ya nos matan? Es decir, vamos todos a suponer que hay relaciones que nos atraviesan en relación con las cuales resulta “legítimo” y obligatorio que nos quiten la vida. ¿Esto no es ya lo dado?
Y regurgitar ahora el conflicto: el viejo albino diciendo.
Y regurgitar ahora el conflicto: yo creo que el viejo se hace el boludo.





No voy a poder apuntar V

20 01 2006

Uno se tolera a sí mismo esas cosas cuando empieza a dolerle la mano, porque intenta escribir y el lápiz / el teclado / el piano es demasiado duro, demasiado material, como para congeniar, fundirse con lo que debe salir de uno –nos enseñaron-, del «espíritu». Pero acaso la materia, digamos, el teclado del piano, sus teclas, pongamos por caso, blancas –son más que las negras y así ganan adeptos en dos claves: do mayor (la “ingenua” por perversa) y la menor (la menor, digo, la violada por sensible e inocente, ella)-, esas teclas duras, que se continúan en martillos y amortiguadores, en cuerdas y felpitas, ¿no se continuan, digamos, en cierto sentido, en lo que nos enseñaron -a pesar de sus resistencias- en mi cabeza –mi cabeza ya sin sentido para un frenólogo-? Es decir: ¿en mi cabeza resuenan las cuerdas o el espíritu?
Sí, la pregunta es candidata. Que se vaya.

Que vuelva, tenemos algo para preguntarle a la pregunta: ¿por qué se empecina en volver siempre?

Se trata, entonces, sí, entiendo, de la resistencia. Si acción es reacción, no queda más que reaccionar frente a las resistencias a nuestras acciones -¿qué? mierda, era difícil al final-. Por qué se empecina en volver. Claro, hay una respuesta: porque no puede hacer otra cosa.
-Ah, es una víctima.
-¡No! Lo confesional-relicante debe ser arrancado de raíz. Me exaspero, me irrito, me duele la mano (la resistencia de los materiales).
Esto, sí, ya lo dije: es insoportable. Sólo que ahora adquiere un matiz ¿risible?: me duele la mano. ¿Será que -al fin se supo- la masturbación produce calambres? Ése sí fue un chiste.
Esto es
insostenible.
¿Hasta cuándo se pueden sostener las cosas que no?
La pregunta no es tan genial. Esto es claro a todas luces.

¿Pero de todas formas, reforzadamente, una vez y otra, hoy, hasta cuándo se pueden sostener las cosas que no?





_ismo II

10 01 2006

Permitir, pensaba, es dejar hacer algo a otro pero sin renunciar al lugar del poder propio. Bien, claro. Nada nuevo: tolerar y ser “colaboracionista” son la misma cosa.
Ahora, la traición: el complot (veamos cuánto más se puede extender)

El botón.
El petiso que viene, digamos, ¿a subrayar? Yo, digo, petiso, vengo subrayando desde hace rato. ¿Es mi forma de complotar? Ya que nada puede salir de mí, nada puedo sacar de mí –ese de mí, es “mi espíritu”, eso me habían enseñado, el hacete solo, de abajo, nene, y sólo tenés tu espíritu, es decir, tus ganas, tus ansias de heroísmo y triunfo y reconocimiento y bisbiseo-. Pues bien, entonces, ¿subrayar? ¿Ésa la estrategia de mercadeo? Decir que hay otros pies sobre los cuales pararse para atléticamente ir más alto. Una estrategia que se llama La humildad del petiso, o como mejor describe la voz popular: «Método del petiso resentido». El que quiere llegar lejos, subrayando, con materia ajena -poniéndose unos tacos con los que clavará a los altos (ellos en ojotas) al piso-.
El que subraya la y con materia ajena. (Ni la regla me gané.) Porque estábamos en la materia: «Uno -materialista al fin-» se acerca a esto para preguntarse todo el tiempo: ¿para qué mierda me acerco a esto?

Y hoy, ya más mayor: ¿para qué la recursividad exasperante? ¿por qué no componer poemas y ficciones que hagan de la alharaca gourmet –de la albahaca, yuyo tres gourmet (no sé francés / no es un chiste)- su propio genocidio recalcitrante y autojustificador? ¿por qué no ajusticiar con un par de grandes y certeras frases a toda la literatura previa y por hacerse, con el fin de erradicar el conflicto atorante del –ismo? ¿es que no basta con preguntarse?
¿Se trata acaso de los acasos de literatura confesional? Está clarísimo que no. Porque de serlo, sería más clara. La confesión es la propia denuncia y como tal, debe expresarse en un lenguaje jurídicamente comprensible, además de condenable –que parece ser la única forma posible de lo jurídico: la condena. La confesión es la delación de sí. («¿Quién soportaría una autobiografía verdadera?», leo en un libro del siglo XIX.) Es la más alta traición. Sobre todo, para quien lee. Porque confesarse es una actitud / una forma de hablar de sí frente a otro. Es otra vez el petiso que se hace alto clavando sus taquitos finos. El que se confiesa trastorna al otro, a la larga, obliga a una cadena de confesiones. De arrepentimientos y opusdeis reproducidos hacia todoslados. «Si prendo el ventilador, acá la quedan unos cuantos.» Y entonces, a celebrar la confesión.
Para confesar hay que tener, por lo menos, culpa, y por lo más, arrepentimiento. No tengo nada de eso. ¿Es raro? Creemos que no. Pero lo dios que hay en todos nos hace creer que sí, y bueno, con eso qué. Nada, la verdad, que bastante poco con eso. La pregunta no es tan genial. Eso es claro. Vamos por partes:

Estamos celebrando traiciones.





No voy a poder apuntar III

3 01 2006

A los ojos de un frenólogo, ¿qué sentido tiene mi cabeza? Y sola, ella, ahí, ¿qué sentido tiene mi cabeza? Y mi pierna, ahí, a los ojos, ¿qué sentido tiene? Y mi intestino delgado, o mejor, mi recto, o mejor, mi omóplato, ¿qué? Esto sí que es todo un gesto. Un gasto de energía consumida en derrapar. Qué ganas. Qué ganas.
Es de admirarse lo que no se pregunta. Aquello que no, que no está, digamos, ausente, pero de tan ausente –no, no es una cuestión de grado, en realidad-, digo, aquello que no está, pero que ni siquiera está su ausencia, ¿puede acaso no estar? No es un bledo trabajo de lógica: ardo. Digo, no pensar en lógica pura. Digo, si el muerto no está, no está, no está, no está, no está, ¿no está? Digo, ¿nunca? La pregunta no es: ¿si el muerto desaparece, entonces, hay que esperar? Digo. Yo crecí y nunca estuvieron. Pero tampoco estuvo su ausencia para mí. En cierto sentido, digo, la ausencia era impostada –siempre: en cierto sentido-. Una fábula que tenía que pertenecerme (en realidad, yo debía pertenecer a la fábula -¡siempre todo es al revés!-). Hace poco sacaron unos del río. Unos muertos, digo. Unas muertas. Antes, ¿estaban? Y no es lógica pura sobre cosas concretas y espantosas y que mejor no digás porque a ver si todavía… Es que no estaban. No, no estaban. Ahora están, sí, quizás, pero antes no.
Yo crecí y no estaban. Y no estaban.
-Y dale con que no estaban.
¿Me hago el boludo ahora? ¿Qué me estás queriendo significar?
Que nadie pone flores perennes en una tumba de plástico y que nadie pone flores de plástico en una tumba perenne. Lo que dura, tiene que transformarse para durar: esa enseñanza, ¡que te la digan! Yo ya me la apresé. Ese gesto / no es un gasto.
¿Hasta cuándo se pueden sostener las cosas que no?

(Incluso todo esto es impostado, no puedo creerlo así. Será porque ahora está escrito.)





_ismo

13 12 2005

Candidato al _ismo. ¿Esa es la muerte en vida?
¿Se entiende, en algún sentido, que uno no diga nada, a fin de cuentas, porque en realidad está intentando estar y para estar, parece que es necesario no decir nada (y que con eso basta)? Pero esto es insoportable. Digo, no decir nada.

había un método, recuerdo. No, no recuerdo: lo inauguro, porque me presento ahora para decir algo, estando, entonces pongo en suspenso la Historia -mentira / esto es insostenible, porque duele

(Aparece el método)

Hay todo un magma o un material. Mejor: hay una materia. No, mejor que mejor: Hay materia. Y uno, materialista al fin, hecho de materia –dudo profundamente de todo esto, pero si no continúo, nunca podré continuar, ¿hasta qué punto la pregunta sobre si uno se está haciendo el boludo (La Duda) no es el mejor método para hacerse el boludo?-, decía: hecho de materia, no puede sacar nada de sí, como le enseñaron, y entonces subraya -lo ajeno-.
Tomo regla: sub-rayo.
Es insoportable el haz, los haces de sentido (sí, bueno, las heces, ¡basta!) que brotan, incansables.
Debajo del rayo
Debajo del Ra Yo

Tuve que cortar. Si había lavado los platos era porque iba a cocinar, a comer. Y ahora cociné. Las cosas se queman. Vuelvo. En realidad, no vuelvo. No corté. ¿Por qué todos «los escritores» escriben sobre sí mismos? ¿Por qué los personajes son sólo su alter-ego –una conciencia redactada, indisoluble, es decir, siempre una redacción la conciencia-?
Alguien que venga ahora y diga: en cierto sentido, siempre los protagonistas son los alter-ego de los autores. Y que lo diga. Pero no será más que una parálisis. Porque mi pregunta retórica también lo es. Quizás la pregunta: ¿no hay otras formas de alterar el ego? Digo, si me cuento lavaplatos, ¿para qué? Y esta aparente recusación es la mayor estupidez que se haya escrito hasta hoy. O por lo menos, una firme candidata al _ismo de la estupidez. El estupidismo literario. Cuando hacerse el boludo es un hacerse el canchero. Por ejemplo: ¿creer que esto es un texto escrito a base de preguntas? ¿creer que escribir es hacerse preguntas? (Jerga.) Hacerse una pregunta es sólo una mitad de la parálisis. La otra, la respuesta en la pregunta es la parálisis motora. (Más jerga.) Junto con la otra, la pregunta, digo. Motor. Es decir: esto es una aporía. Estas preguntas, unas cacas. No, no, no. Todo lo que se lea/

la cosa iba a otro lado, si es que iba la cosa a alguno
sabiamente, siempre dudar, siempre dudar!
el sabio que se queda en astuto hace de la sabiduría poder, el sabio astuto todo lo puede; el sabio astuto nos puede-

no hacerse el boludo, no hacerse el boludo
estar atento, estar atento

¿acaso busco una prescriptiva literaria? Digo, el dogma que me salve.

(Porque de mi egoísmo no me salva nadie, ni yo -y como «nada es Verdad: todo está permitido», la palabra egoísmo se disuelve en mil partículas de yeso dorado y puede empezar a no importarnos un soto-.)

El amor. Bien. Ahí está. Siempre el búmeran del amor -leí en un libro- que era paradojal, por el asunto ése del egoísmo y altruismo.
Ah, ¿entonces escribir desde el amor?
(¡otra vez la prescriptiva! ¡mierda / esto duele!)

no puedo leer, subrayar, digo, el gesto; otra vez, el gesto / el gasto
de fuerzas en hacer trizas

no me soporto la alta traición a la que estoy sometido por mí, por mi gesto
digo, la alta traición como amenaza: no ocurre, digo, la traición. La cosa está ahí y no se acerca, la pregunta es el cuchillo en la espalda, ¿pero acaso no era que hacerse el boludo, ¡no!, es decir, ¿el cuchillo es la pregunta?, si me pregunto para no hacerme el boludo, pero la traición, la traición quién la comete? Yo. Que subrayo, bajo el yo.
No. Esto tiene ribetes psicoanalíticos. Y yo lo ignoro todo acerca de esa disciplina, entonces me ofusco porque no sé. Y por vez primera este “no sé” no me impulsa a preguntarme. Y tampoco sé por qué. Un alivio. Será la desconfianza en un discurso ya basado en la desconfianza. Pero como lo ignoro, a otra cosa.
¿Me desembarazo? Sí. Aborto la misión psi.

Aún sabiendo que es imposible, hay que tomar decisiones. La acción pide elecciones. Y si prefiero estar por debajo del Rayo, tengo que abortar la misión Psi.

¿A quién le hablo?

Porque sí. Sí. No digan que no, porque es falso: escribir es en cierto sentido hablarle a alguien. Y a alguien que no soy Yo. Pero para hablarle a otro no hay que renunciar al pronombre yo. ¿Por qué habría de? Si dije: materialista al fin. Mi materia: pronombres, mutatis sintaxis, predicación. No sé latín. No es otro chiste. Pero toda aclaración parece, a su vez, un chiste. Esto es insoportable. Creer que se puede escribir como si no fuera esto una ficción. Cuando lo es, lo es, lo es. Y está bien que así sea.
Sea.

Estoy deliberadamente confundido, para matizar, para construir mi ficción, ¿no es verdad? Me pregunto, digo: ¿no es verdad que estoy deliberadamente, en cierto sentido, confundido? ¿No es verdad que para ser inteligente es preciso confundirse? Digo: ahora, para hacerme inteligente, ese gesto / ese gasto, ¿no es preciso deliberadamente confundirme? ¿Y eso es o no hacerse el boludo?

Hay dos palabras que gravitan: boludo, canchero. Pero una sola carne para recibirlas. (Esto es insoportable. Incorregible. Como los niños hasta que crecen.)

En el departamento de al lado una pareja coje. Ya es la segunda vez: mientras apuntaba más atrás «Lo único que hay» el hombre gemía de un modo porcino, pero aburrido. Digo, aburrido para mí.
(La Misión Psi oprime.)

¿Es la cuestión ir descubriendo el lado negativo de las cosas? Pero entendamos: negativo como opuesto relativo. No como bajón, imbécil, y tampoco como lo que no es. ¿A quién le hablo? Estoy insoportable. Es que esto, sin dudas, es insoportable. Esto de hacerse el boludo, digo, de hacernos los boludos.
¿Todo esto una denuncia?
¿Denuncia? Nunca esa palabra tiene sentido más que puesta en boca de un botón.

Que es alguien así como petiso y que nunca llega al piso, al mismo tiempo que se esfuerza por saltar.
Un botón.

Pero el botón, claro, no se hace el boludo. Va y dice lo que piensa. ¿Denunciar es no hacerse el boludo, parece? Pero la pregunta no es esa, entiendo entonces. La cosa no va por ¿cómo no hacerme el boludo? El lado negativo de las cosas, acá, sí tiene aire de bajón. No me explico: no se trata de evitar nada, de evitar el _ismo de ser boludo. El boludismo. No. Se trata de hacer otra cosa que haga estallar tanto la posibilidad de hacerse el boludo, como la imposibilidad. Esas dos caras ya falsas.
No, aún no son falsas. De eso estaba hablando. Digo, me contradigo. Estaba hablando de superar el boludismo. De eso estaba hablando. Y antes, noto ahora, ya me lo había preguntado: acaso del acaso: ¿hacerse preguntas es no hacerse el boludo o es la forma más correcta / emperifollada / tramitada para hacerse?

La pregunta no es tan genial. Esto es claro a todas luces. Pero es otra vez lo mismo: las ganas, las no ganas, el interés, el desinterés. Y arrimo: el desinterés es lo más boludo que hay. Candidato ganador, por estafa y por estafador, para el puesto de jefe espiritual del _ismo.

Creer que no hay nada por comprender, que no hay siempre algo más -pero con ansia dichosa (¡dichosa! es una reacción alérgica esa palabra, toda ella, completa)-, creer, en suma, que la parálisis nutricia (del verbo nutriciar), es lo dado, lo total, lo único, lo perfecto, es hacer la nada de hacer nada mientras el mundo todo.

Entonces, reforzadamente, ¿hasta cuándo se pueden sostener las cosas que no?





No voy a poder apuntar

13 12 2005

No voy a poder apuntar /escribir, rescribir/ lo que pensaba recién mientras lavaba los platos y no llegué a sentarme para escribir. En el medio, tuve que secarme las manos. Trataba de pensar, hilando. Digo, hilaba frases con preguntas. O en realidad: preguntas que iban hacia afirmaciones que rápidamente se hacían preguntas. ¿Preguntas? Sí, preguntas. En su recursividad, todo lo que pensaba iba hacia preguntas. ¿Es eso posible? ¿Ir todo lo que pensaba hacia preguntas? Me preguntaba mientras lavaba –mucho agua tibia, entiendo, mucho derroche, sí, siempre, eso es irritante ya-, me decía: ¿cómo es que siempre hacemos /construimos/ ese entendimiento sin saber, sin saber que lo hacemos, ese entendimiento, digamos, de cultura, ese entendimiento de que estamos, digo, no estamos; en otras palabras: cómo es que todo el tiempo (¿«todo el tiempo»? ¿tiene sentido esa frase?), digo: cómo es que todo el tiempo hacemos del rebote cultural un espectro del no estar? No me explico bien: ¿cómo hacemos para no estar? ¿por qué estamos nada? O tan poco. No, nada. No estamos.

 

¿y la cuestión –ahora que entiendo que estoy escribiendo- es siempre caer en el beckettismo? Digo, ese: “siempre peor” recursivo. Ese ah, no sabés, a mí peor… que a fin de cuentas parece decir. Pero no parece decir nada, en realidad, ya, hoy. Qué. Digo: el beckettismo no parece decir hoy, en realidad, ya, nada. ¿Qué importa Beckett en cierto sentido? Digo, siempre, en cierto sentido. No importa Beckett. ¿Por qué traigo hasta acá a un irlandés?

Irlanda creo que me funciona empáticamente como la ex Europa del Este. Esa especie de hija pobre (empobrecida), sometida a los designios de los malos, los ingleses. Y la Europa del Este, entre dos malos: los EEUU y la URSS. Campeones de la sigla. ¿Cómo nadie vio que eran lo más parecido a una sociedad anónima? Digo, la sigla. No es un chiste. O quizás: no es un buen chiste. No, no es un chiste. Esto es insoportable. Digo, lo que no puedo apuntar porque no llego a apuntar. Se perdió el hilo. Otra vez, el Beckett-ismo. Es insoportable. Él, digo. Su autoridad a la larga construida. Su mastodóntica paradoja autoritaria. Ser el más pobrecito de los conquistadores de la sensibilidad occidental del siglo XX.

¿Es que hay otro modo? ¿Es que se puede renunciar a la autoridad? (No, esto último es una estupidez. Renunciar. Nunca. No. No tiene sentido.) Pero quedó ahí la empatía con Irlanda-Europa del Este. Nunca me quedó claro por qué las películas –el modo de viajar, digamos, o algo-, digo, esas películas del Este (también Irlanda, asumo, es el Este, en este momento), con sus edificios grises y sus personajes siempre políticos, heroicos y frustrados, me generaban –en presente, aún hoy lo hacen, pero como tengo conciencia de eso, es en realidad un me generaban ahora- esa empatía melancólica. Infantil, sobre todo.

Como el recuerdo de una revista rusa de antes de la caída del Muro que llegó a mí no recuerdo cómo, ¿feria del libro? Una revista: Misha. Y en esa especie de decadencia que le era propia, Misha me daba esperanza. (También abría la puerta a un mundo extraño: niños de la Unión Soviética enviaban dibujos parecidos a los niños de acá –este país lo vivía como si fuera del Este –Buenos Aires era Varsovia, era Dublin (recordar que Irlanda también era el Este)-. ¡¿Por qué?! Ni idea-, y eran publicados pero ¿pensaban en soviético?) Esperanza es una palabra idiotizada. Me resulta insoportable sólo el hecho de preguntarme por qué está idiotizada. Pero debo preguntármelo. ¿Debo preguntármelo? ¿Cuántas preguntas tolera un pensamiento por día? ¿y por hora? ¿y por vez que lava los platos? Cada vez que anoto, noto ahora, esto de lavar los platos me siento redactora de un suplemento periodístico destinado a la inserción femenina en la cultura. ¿En la cultura? ¿Acaso están «afuera»? ¿Estamos «afuera», digo, las que lavamos los platos? ¿Y por qué las? Esto es insoportable. Parece un gesto. Un gasto de fuerzas en hacer trizas. Pero no se sabe qué. O sí. No. Nunca. Pero siempre se sabe, se intuye, y ¿se trata entonces de un gran hacerse el boludo? ¡A eso iba! Sí, ahora recuerdo: mi pregunta de lavaplatos era: ¿hasta cuándo uno puede hacerse el boludo? La pregunta es más aguda de lo que parece, si uno tiene ganas. Si no tiene ganas, es sólo una pregunta boluda. Pero si uno no tiene ganas, es que se está haciendo el boludo, y por lo tanto, es el mejor candidato para la pregunta, ¿hasta cuándo se pueden sostener las cosas que no?








Seguir

Get every new post delivered to your Inbox.