
La Ciénaga (Martel, 2001)
Leo en
Artepolitica una crítica a los que piden consenso; interpreto yo: a los que quieren evitar a toda costa el “conflicto”, como si el conflicto fuese en sí mismo un problema. Pero decretar que no hay conflicto es mentir: el conflicto social no desaparece por decreto. A lo sumo, puede desaparecer en el discurso, en los relatos. Y con eso quiero meterme, porque trabajo de guionista.
Algo muy ilustrativo ocurrió hace unos años en el ámbito audiovisual. El ejemplo más contundente que me tocó vivir fue en el año 2003, en la Escuela Nacional de Cine (“la del INCAA”): los estudiantes del último año preparan sus cortometrajes-tesis y muchos están enojados. ¿Por qué? Porque se les “impone” como contenido a trabajar el “conflicto dramático”.
Hay protestas por los pasillos, cartelitos que dicen “Dramático Conflicto Dramático”, etcétera. Según me contaron, en la carrera de Imagen y Sonido de la UBA pasaba más o menos lo mismo en el mismo momento. Es decir: había problemas con el conflicto dramático.
Antes de seguir: ¿a qué podríamos llamar, provisoriamente, “conflicto dramático”? A una forma de puesta en marcha de la acción dramática, en la que dos opuestos (“antagonistas”) se capacitan para transformarse; y también: el modo en que un personaje transita una transformación.
Quizás recuerden las películas del llamado “Nuevo Cine Argentino” (bautizado así por la reseñística de los 90), en el que, fundamentalmente “no pasaba nada”. Yo creo que sí pasaba: pasaba la imposibilidad de abordar el conflicto (no “un conflicto X” sino la propia idea de conflicto).
Imposibilidad con dos caras opuestas y complementarias: o bien el protagonista no se animaba nunca a empezar ninguna historia (por lo general un protagonista de clase media a alta); o bien el protagonista moría asesinado (siempre un personaje de clase baja). Casi que a eso se puede resumir el NCA en cuanto a imaginar relatos realistas.
(ACÁ me explayo sobre esto: Ficción playa – un leitmotiv, nunca nada es tan sencillo en realidad.)
Pero el problema no es que “hubiera” o “no hubiera” conflicto dramático -como si tuviera sentido hacer una valoración a priori de eso- sino sólo digo que las películas parecían partir:
1) de la evasión del conflicto (nunca se empieza un tránsito para llegar a una superación);
o bien
2) de la exacerbación del conflicto (no hay más salida que la destrucción: la muerte).
Insisto: no es una valoración, sino constatar el por qué de esa trabazón -intergeneracional también- entre docentes de cine y estudiantes. Una idea de enseñanza que presupone un contenido a enseñar (el “conflicto dramático” como eje rector de la narrativa dramática “clásica”), se topó con una realidad creativa (es decir, con tipos inventando relatos audiovisuales), en la que toda una generación -una sociedad- no puede abordar conflictos.
Ahí había un problema que los docentes no detectaban. No veían que para nosotros contar una historia con moño (con “conflicto dramático”) nos era ajena. Porque la propia idea de conflicto dramático sólo podíamos leerla en un sentido entre comillas, era “narrativa hollywoodense”: un héroe supera un conflicto. Y más atrás: era también “retórica setentista”.
En ese sentido, todo un mundo, es decir, una forma de contarse a sí mismo se transformó en los 70-90; no se trataba de “no creer en los héroes”, no es escepticismo, sino directamente no poder apropiarse de ningún relato de transformación porque implica conflicto. Y esto fue posible porque hizo pie en la reeducación social de las últimas décadas donde se iguala conflicto con violencia con muerte con política. La búsqueda de “la paz” a cualquier precio. Una paz “de hecho”, decretada. Otra vez: sin transitar una transformación; porque en realidad, la transformación ya ocurrió en la “pacificación” lapidaria del Proceso.
Se trata de una forma específica en la manera de abordar los relatos (pensados apenas como un tránsito). Nuestro mito fundante siguen siendo “los 70″, contrapuestos ahora a “los 90″, época de supuesta paz social -la calma chicha del 1 a 1-, instalada por decreto. Entonces, si la historia también es un relato, y no podemos (o no podíamos -hablaba del 2003-), abordar la historia, difícilmente podamos abordar relatos de ficción en los que se ponga en juego aquella forma conflictiva de organizar cualquier historia (un personaje en pos de algún tipo de superación o transformación).
Insisto: no pretendo valorar a priori al conflicto dramático, ni tampoco lo opuesto, sino trato de entender cómo el conflicto se transformó en lo más evitado y a la vez, y por eso mismo, en lo inevitable.

PD: Es decir que cuanto más se le escapa al conflicto, más se hunden las patas en la ciénaga (más nos hundimos en un mismo conflicto atorado, sin resolución). Esto viene a cuento de que, para mí, La ciénaga es la gran película de esos años 90 (que empezaron a terminar en 2003): tampoco hay desarrollo de un conflicto dramático, pero es tan evidente la trabazón entre los personajes, que el “clima de conflicto” construido nos empuja a nosotros a preguntarnos, ¿por qué carajo no hacemos nada y seguimos hundiéndonos en la ciénaga como la vaca de la película? Para mí resultó una incipiente toma de conciencia de un conflicto recursivo: nuestra inacción está signada por una fuerte violencia y esa misma violencia se alimenta de nuestra inacción.