“Lo Bello, ahora, es otra cosa (…) aquello idéntico a sí mismo. El blanco, igual a sí mismo; el negro, los colores, las formas, cada cosa, todo… idéntico a sí mismo. La visión física idéntica a sí misma. Cada cosa, existiendo por sí misma, iluminada por su luz (porque ella se ilumina a sí misma), sin que le sea añadido ni quitado nada, admitida como es, sin relación con otra cosa.” (New York, Joaquín Torres García, p.103)
Estuve releyendo “New York”: los diarios del pintor uruguayo Joaquín Torres García a principios del siglo XX en esa ciudad. Es, sobre todo, una lectura documental, es decir: el documento de la impresión (plástica y vivencial) que le causó, en 1921, a un viejo uruguayo (artista con ojos y corazón puestos en Europa) la “Ciudad Afiche”.
Podría entrar en una categoría de lectura muy provechosa: testimonios de momentos y lugares donde “comenzaba” o se formaba algo hoy naturalizado. Algo similar encontré hace 10 años en los Viajes alucinados de Sarmiento por Estados Unidos (1846), donde intentaba capturar eso “nuevo” que para nosotros hoy es casi natural (digo “natural” sin ningún sentido positivo ni negativo, sino sólo como constatación de una forma de percibir y entender un contexto). Pero Torres García se pone más filosófico que político (Sarmiento a fin de cuentas estaba buscando un modelo para nuestro país y no tanto preguntándose por la sensibilidad del individuo -¿europeo?- frente a la Cultura Norteamericana, como TG).
El pintor uruguayo, como el escritor argentino, transcribe su experiencia con entusiasmo y honestidad. TG anota una página tras otra de contradicciones frente al “fenómeno Nueva York” (rechazo, aceptación, fascinación, entrega, crítica: todo puede pasar en sus diarios); y aporta una visión desde la experiencia sensible -obviamente, por su interés plástico- reveladora. Una y otra vez escribe y rescribe sus “impresiones” sobre la ciudad (con una sintaxis quebrada, por momentos sólo chorros de palabras yuxtapuestas que parecen tratar de nombrar para poder contener a los edificios, los tranvías y los newyorkers que se le vienen encima).
Al leer esta experiencia no puedo evitar pensar en esa sencilla idea de que tras la Segunda Guerra Mundial la Cultura Norteamericana conquistó el mundo (al menos el nuestro). Me asombra la idea. Es decir, pienso esto desde el asombro, no desde la indignación, ni la tristeza. Me asombra pensar que esto que parece no tener comienzo, alguna vez, en cierta forma, significó algo extraño, “nuevo”, para alguien.
“Civilización Material”, dice TG; “todo tiene una base real”, “utilidad”, repite una y otra vez. Y su cantinela también es conocida. Toda la retórica del Gran Arte frente al Mercantilismo. Sin embargo, esto no hace caer el interés de la lectura, sino al contrario, porque el tipo está luchando con todo lo que tiene a mano, su pensamiento, sus ojos, su pasión entera. Intenta conciliar, no puede, se entrega y anuncia que Nueva York es lo máximo (hay que “abandonar el viejo concepto de Cultura -traído de Europa-”, p.107), otra vez que no, que es terrible, que es el reino de lo standard, en otro momento se remonta a los Cielos del Arte y desde allí dice, sin vergüenza pero con -supongo- honestidad: “Quiera o no, el artista tiene que perdonar a la inmensa ciudad que lo aplasta.” (p.76)
Adelanto el final: las contradicciones no se resuelven. Quedan ahí, reverberando. Y por eso vale la pena leerlo.
(Por último: este libro también es un documento imprescindible para todo aquel que quiera cerciorarse de cómo el Arte con Mayúscula invadió el campo de la Religión, tomó prestada la sacralidad, la retórica santoral, los sentidos “profundos y universales”, etc. etc.)